jueves, 1 de diciembre de 2011

CRÓNICA DE DOS MUERTES







Repentinamente, ha muerto Cicero.

Con pijama blanco, su cuerpo tirado,
luego de la siesta halló el jardinero
sobre la gramilla verde de su prado.
¿Qué estaría pensando el último instante?
¿Cuál última imagen habra percibido?
Tantas propiedades, tantas inversiones:
yates y oficinas, títulos y acciones
pasan a dominio de los herederos
que hoy vestiran luto en el funeral,
con rostros adustos por tanta vigilia,
ocultando el gesto de las alegrías
por los privilegios que deja el difunto.

También perdió Pedro su vida en la calle.

Al lado de un perro su cuerpo fue hallado
con ropa mojada y los pies descalzos.
Repentinamente, en la noche fría,
Pedro, hoy ha perdido todas sus miserias.
¡Qué pensaría Pedro antes de la muerte?
¿Se habrá dado cuenta que el fin se acercaba?
¿Quién recogería, junto a los harapos,
aquel percudido cuerpo de la calle?
¿Cuál fue su familia y qué edad tendría?
¿Qué recordaría el último instante...
al ceño fruncido que esquivó en la calle
o un brazo extendido que le dio una ayuda?
¿Quizá a un amigo en igual circunstancia
compartiendo un vino en plena nostalgia?
Entre su bagaje, se contó de Pedro
sólo una camisa, pantalón de grafa,
la gorra de lana y unas zapatillas
rotas, sin cordones, con suelas gastadas.
Sólo lloró a Pedro aquel perro vago
con quien el dormía bajo los zaguanes.
Tiene de herederos a los transeúntes
que siempre lo vieron mendigando el barrio,
unos, acreedores, hombres solidarios
que en él invirtieron cuotas de cariño
y los más, deudores, pues deben a Pedro
todo aquel desprecio de no verlo humano.



Pedro y Cicero han muerto de similar manera.
La muerte no dio aviso para ordenar la espera.
Los dos eran humanos, con grandes diferencias:
A Pedro lo enterraron sin rosarios ni rezos,
Cicero en cambio tuvo lujoso funeral.
Pero pronto el olvido borrará sus historias
y el hasta aquí gozoso y encumbrado Cicero,
se convertirá en nada, igualándose a Pedro,
porque al fin de la vida, 
la muerte es la suprema instancia de justicia, 
aunque el hombre no entienda
que sólo es su destino, ser mineral y agua.

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